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Excerpt for Viejo Caníbal by , available in its entirety at Smashwords

«Qué dulce y tierno».

Esos fueron los términos que usó Albert Fish en la carta que envió a la madre de Grace Budd. En ella detallaba cómo había despiezado y devorado el cuerpo de la niña.

Bajo la apariencia de un anciano afable e inofensivo, Fish fue acusado de más de cien crímenes cuando al fin lo detuvieron. Ahora, en la Nueva York de 1936, tras su ejecución en la silla eléctrica, el psiquiatra que lo trató vive obsesionado con la idea de que Fish no fue el llamado «Vampiro de Brooklyn». Por eso, el doctor Isaac Prey usará una peligrosa técnica para tratar de exculparlo: pensar y sentir como él, reproducir cada uno de sus pasos... y convertirse en el auténtico caníbal que lo persigue. Arriesgando su vida y su propia cordura, se verá atrapado en una cadena de desapariciones y degeneración que lo terminarán llevando al corazón más turbio de Nueva York.

Con un ritmo despiadado, VIEJO CANÍBAL es una novela de ficción basada en un personaje que no fue de ficción: Albert Fish, el asesino y caníbal en el que se inspiraron numerosos asesinos posteriores. Descubre en esta novela quién fue Fish de verdad.

Viejo Caníbal



Un asesino de niños en el corazón de Nueva York



Por: Daniel P. Espinosa

Nota Legal



Título: Viejo Caníbal

© 2018 Daniel Pérez Espinosa

© De los textos: Daniel Pérez Espinosa

Composición de portada: Daniel Pérez Espinosa

Fotos originales de portada: Pixabay y Pxhere (licencias Creative Commons CC0)

1ª edición

Queda prohibido, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual. Todos los demás derechos están reservados.



Índice



Viejo Caníbal

Nota Legal

Índice

Sobre esta historia

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Unas palabras finales

Sobre el autor

Más novelas de Daniel P. Espinosa





«How she did kick—bite and scratch. I choked her to death, then cut her in small pieces so I could take my meat to my rooms. Cook and eat it. How sweet and tender her little ass was roasted in the oven. It took me 9 days to eat her entire body. I did not fuck her tho I could of had I wished. She died a virgin.»



«Cuánto pateó, mordió y arañó. La estrangulé hasta matarla, luego la corté en trozos pequeños para poder llevarme la carne a mi habitación. La cociné y me la comí. Qué dulce y tierno resultó su pequeño trasero asado en el horno. Me llevó nueve días comerme todo su cuerpo. No me la follé, aunque podría si hubiese querido. Murió virgen.»



Carta enviada por Albert Fish a los padres de la niña Grace Budd en 1934.

Sobre esta historia



Esta es una historia de ficción basada en otra historia que no es de ficción, la del asesino en serie, violador de niños y caníbal Albert Fish.

Cuando fue arrestado, Albert Fish declaró que había dejado al menos una víctima en cada estado y que en total sumaban más de cien. Fue ejecutado en 1936, a la edad de sesenta y seis años, acusado del secuestro, muerte y canibalización de la niña Grace Budd. Padecía multitud de filias y una adicción extrema al dolor. Tras ser detenido, una radiografía mostró que llevaba veintinueve agujas en la bolsa escrotal.

En el momento en que lo llevaron a la silla eléctrica, afirmó que se sentía contento porque aquel era el último placer que le quedaba por disfrutar.

1



Según se estableció en el juicio que lo condenó, Albert Fish mató en 1928 a la niña llamada Grace Budd. Tardó nueve días en comerse su cuerpo, guisándolo como un gourmet, las partes blandas primero, como debía ser, y probando todos los tipos de cocina con ella. «Qué dulce y tierno resultó su pequeño trasero asado en el horno», dijo en una carta que envió a la madre de la niña. No lo capturaron hasta 1934, y solo porque su ego o su locura lo habían traicionado y le habían hecho escribir aquella carta.

Lejos de la ciudad, de pie y solo en la casa abandonada donde la pequeña Grace había sido comida pedazo a pedazo, yo seguía pensando en que un anciano como Fish jamás habría podido cometer ese crimen, y menos de aquella manera. Tenía sesenta y seis años cuando murió, aspecto entrañable y cara de una persona atribulada y débil, alguien a quien uno ayudaría a cruzar la calle. No sé si yo pensaba así porque me estaba haciendo tan viejo como él, porque en mi consulta psiquiátrica ya había visto demasiados inocentes condenados a muerte, o tan solo porque ni mi mujer ni mi hijo me habían sobrevivido y me había vuelto un desequilibrado igual que él.

Mi hijo había desaparecido hacía años de la misma forma que muchos otros; y también como Grace Budd. Yo estaba convencido de que quien lo hubiera hecho debía tener aspecto de monstruo y dar miedo como uno de verdad, y no provocar lástima como le ocurría a todo el mundo con Albert Fish. Por eso estaba convencido de que no podía ser ese viejo entrañable. De que no debía. Porque Dios no podía ser tan cruel.

La antigua casa donde yo me encontraba ese día había sido rastreada a conciencia por la policía y los fotógrafos. Tenía dos plantas, y en la superior era donde supuestamente Fish había matado a Grace. El lugar era sórdido, de madera vieja y rota, y lleno de polvo. Las sábanas de la cama estaban todavía tal cual, sucias y removidas, y con las ventanas cerradas el olor se había vuelto infernal. Sufrí náuseas durante varios minutos, y si no vomité fue porque llevaba días sin poder comer nada, en concreto desde que mi mujer había fallecido y, también, desde que Fish había sido ejecutado.

Habían encontrado los huesos de Grace enterrados en el jardín, pequeños y frágiles. Pobre pequeña. Su vestido nunca había aparecido. ¿De verdad podía alguien hacer algo así a una hermosa niña vestida de blanco?

Me limpié las gafas de las lágrimas que las náuseas me habían producido y, cuando fui capaz de recomponerme, rastreé la habitación como si esas paredes malditas pudieran contarme de verdad lo que había ocurrido. Supongo que buscaba que me diesen la razón en mi idea de que la policía lo había ejecutado por error, y que el anciano con el que yo había mantenido tantas sesiones psiquiátricas no había sido sino un pobre desequilibrado lleno de alucinaciones.

Pero había también una peligrosa obsesión en ello. Notaba que me estaba volviendo loco, y necesitaba resolverlo porque quería volver a comer, que mi estómago admitiese de nuevo algo sin vomitarlo. Y porque, si Fish había hecho todo aquello, ¿qué impedía que alguien como yo, también viejo y también entrañable, le hiciera lo mismo a los niños de los vecinos? ¿Podía fiarme acaso de mí mismo? ¿Podían fiarse los demás?

No había nada en la habitación ni en ninguna otra parte, pero eso no era lo que yo necesitaba para sentirme persona otra vez. Descansé un momento en una silla polvorienta que estaba caída en un rincón, me sequé el sudor bajo el sombrero con un pañuelo y me abrí la chaqueta. Intenté calmar mi respiración. Por desgracia, tenía ya una edad que me hacía tan viejo como obeso había sido siempre, y si mi mujer hubiese estado conmigo me hubiese regañado por comportarme igual que mis pacientes diagnosticados de obsesión clínica. «Demasiado tiempo entre locos, Maggie, ya sabes», le habría respondido yo.

Ordené mis pensamientos y llegué a la conclusión de que debía reconstruir lo que había hecho Fish o, mejor dicho, el auténtico asesino. Además, aquella situación era perfecta para probar una técnica psiquiátrica en la que había venido trabajando. Era experimental y, por supuesto, no solo no estaba aceptada por mis colegas sino que en todos los congresos había sido objeto tanto de burlas como de recelos. La había comenzado a desarrollar cuando mi mujer aún vivía y compartía clientes y consulta conmigo. Sin embargo, la había terminado dejando en el olvido por el temor que ella siempre había tenido a las consecuencias que podría provocar en mí. De hecho no le había faltado razón, porque casi había causado que me retirasen mi licencia de médico por su falta de moralidad, decían.

En conclusión, ahora que ella no estaba y que yo me iba a jubilar pronto, era el mejor momento para probarla. Que mi aportación a la ciencia fuese esa o la locura.

La técnica puede parecer muy sencilla: ponerme en el lugar del criminal y hacer y pensar exactamente como había hecho él. Lo dicho, sencilla. Sin embargo, implicaba unos preparativos mentales muy severos y arriesgados: debía romper toda barrera y toda resistencia. Debía convertirme de verdad en él.

Así pues, eso hice en aquella casa manchada por aquel cruel crimen.

Inspiré despacio, abrí mis barreras mentales una a una y exhalé. Después, me asomé a la ventana y contemplé el jardín tal y como el asesino lo había debido ver aquel día de muerte. Allí estaría la pequeña Grace, jugando entre las flores, engañada por el asesino para traerla allí haciéndole creer que en la casa se celebraba el cumpleaños de su nieta; así era como él había convencido a sus padres para que la dejaran acompañarla a solas hasta ese lugar. Inverosímil, pero cierto. La credulidad de la gente puede llegar a niveles así de peligrosos.

El jardín estaba lleno de hierbas descuidadas y multitud de flores silvestres. Ahondando mentalmente paso a paso en mi procedimiento, imaginé a la niña adentrándose entre las plantas, casi tapada por ellas. Abrí la ventana, que se soltó de la bisagra, y llamé a Grace igual que él habría hecho e imaginando lo que le habría dicho.

—¡Grace! —grité al jardín vacío—. ¡Ven, sube rápido! ¡Va a empezar la fiesta!

Me sentí raro, porque si alguien me oyese podría pensar que estaba loco. Pero allí no había nadie; la casa estaba aislada en mitad del campo.

Sabía que, a continuación, el asesino se había desnudado, no por un deseo sexual perturbado sino para no mancharse la ropa de sangre. Un razonamiento tan práctico como psicopático. Después se había escondido en el armario para que la niña no lo viera al subir. Todo eso lo había contado Fish en su carta a la madre de Grace. Pero me corrijo: eso no lo había hecho Fish sino el auténtico asesino. Lo que había hecho Fish había sido exculparlo asumiendo sus acciones, y de ese modo había obtenido el placer morboso del castigo. Al menos, era lo que yo creía.

Mientras imaginaba los pasitos de Grace haciendo crujir aquella vieja escalera al subir, volví a inspirar y espirar, pero esta vez mucho más profundo, porque ahora llegaba a un momento crítico. Ahora debía abrir una de esas barreras que todos debemos mantener cerradas para salvaguardarnos: la de la moralidad, la de la auténtica cordura. Que me perdonen Dios o las eminencias psiquiátricas que tan poco aprecio me tienen, pero era así como debía hacerlo para ver lo que el asesino vio. Me quité la chaqueta, la camisa, los pantalones y los calzones y dejé al aire mi tripa, mis vergüenzas, mis gafas redondas y mis canas.

El asesino había esperado en el armario y, cuando la niña había llegado, espléndida en su vestido de comunión, la había agarrado y peleado con ella mientras la desnudaba y luego la estrangulaba. Por eso yo salí del armario de un salto, aferré el aire y lo llevé sobre la cama mientras forcejeaba y resoplaba por mis dientes cerrados. El asesino había tenido dos eyaculaciones mientras la niña chillaba y pateaba.

A eso por suerte me pude resistir.

Dios. ¿Había llegado de verdad el asesino a tal nivel de enfermedad?

Gracias al cielo, en la carta había afirmado que no la había violado, aunque también que podía haberlo hecho si hubiese querido. «Murió virgen», había escrito. Aun así, desnudo, me sentí tan culpable como Fish se había mostrado en mis sesiones con él. Culpable y avergonzado.

Al menos la representación de aquel suplicio funcionó, porque mi mente empezó a aclararse y conseguí pensar qué podría haber hecho el asesino a continuación. Me vestí sin dejar de mirar la cama revuelta, turbado aún, y bajé a la planta inferior. Rastreé los muebles de la cocina, abriéndolos todos y buscando no sabía qué. Había cazuelas con grasa seca y polvo, así como cubiertos y platos, pero la mayoría estaban rotos. Sin embargo, lo que yo fuese que estaba intentando encontrar tenía que estar en algún sitio.

Abrí la despensa y dos ratones me asustaron al salir corriendo. Cuando me calmé, con la mano en el pecho y respirando de forma desordenada, me quité el sudor y el polvo de los párpados y fui apartando trastos oxidados. Detrás, oh Señor, encontré lo que había estado esperando.

Una pequeña portezuela se abría en el suelo, una que sin duda la policía no había encontrado porque habrían quedado satisfechos, tal vez, con haber hallado los huesos de Grace enterrados en el jardín. Me agaché con esfuerzo, y esa vez no era tanto por el peso o la edad sino porque me temblaban las piernas. Respiraba con la boca abierta, emocionado, y me estaba tragando todo el polvo de la despensa. Grace había sido asesinada hacía seis años y aquel sitio no había sido abierto desde entonces, así que sentía miedo por lo que podría haber allí. Y excitación.

Unas pequeñas escaleras de cemento se abrían tras la trampilla. Encogí la tripa, encendí mi mechero y bajé con torpeza, mirando como un perrillo acobardado las paredes negras a las que la diminuta llama hacían más negras aún. Sin embargo, era incapaz de darme la vuelta y de convencerme de que en realidad no quería saber lo que allí se escondía.

Llegué a un sótano. El suelo era de tierra y había muchas cosas pequeñas que aplastaba con los pies, pero no me atrevía a mirar.

Las paredes eran bastas y estaban llenas de manchas de humedad, y con la escasa llama de mi mechero pude distinguir una mesa de madera sin barniz con una silla. Pero fue el olor lo que me hizo salir de mi sorpresa y darme cuenta de lo que había encontrado: una peste a carne cocinada que llevaba estancada desde hacía mucho en ese lugar profundo y sin ventilación.

Fui moviendo la pequeña luz del mechero según avanzaba y vi una vieja cocina llena de manchas de grasa, con una cazuela aún puesta sobre el fogón y, debajo, un horno medio abierto. Quizá fue el efecto residual de mi técnica de inmersión, porque en mi estómago vacío sentí en ese momento hambre como nunca había sentido. Me dolía; lo había estado haciendo sufrir durante demasiado tiempo, obligándolo a vomitar lo poco que era capaz de comer. Me acerqué, conteniendo las náuseas.

La cazuela tenía una capa de grasa blanca cubierta de polvo. Noté cómo la respiración se me aceleraba. Entonces vi algo a través de la puerta entreabierta del horno. Casi chillé como un animal asustado mientras apretaba los dientes con la fuerza de un maníaco. Pero tampoco fui capaz de dejar de saber qué era aquello. Así pues, me agaché y abrí del todo la puerta.

Esa carne podía ser de Grace. Y sin duda lo era. Estaba cortada en tiras largas, dispuestas en líneas perfectas sobre la parrilla. Quién sabía, ¿parte de los muslos quizá?, ¿de los brazos? Dios. Estaban resecas, demasiado hechas en el horno, y apestaban a guiso de... Que el Señor me perdone, pero parecía un guiso de cerdo. No vomité porque no había nada en mi estómago, pero me tuve que apoyar contra la pared hasta que se me pasaron las arcadas. Pobre niña.

Fue entonces cuando escuché las pisadas arriba, en la casa. Me sobresalté, y al incorporarme me golpeé con el horno y solté un grito de viejo tonto mientras el mechero se caía al suelo. En ese momento las pisadas se detuvieron y, a los dos segundos, salieron corriendo hacia el exterior, como si fuese yo quien le hubiese asustado.

Por un momento no supe qué hacer, pero enseguida me decidí. Si alguien visitaba la casa era porque sabía algo, algo que tal vez me podría indicar si de verdad Fish había sido el asesino o revelar algo que yo no sabía. Como mínimo, me obligaría a salir de aquel sótano enfermizo. Encendí de nuevo el mechero, corrí por los escalones como pude, intentando que mi cuerpo fofo no se cayera desde lo más alto, y salí por la trampilla gritando a quien fuese que se detuviera, que esperase, que no iba a hacerle daño.

Cuando salí de la cocina, apresurado, y crucé el recibidor para abrir la puerta de la calle, algo me golpeó la cabeza y me lanzó contra la pared. Oí un ruido parecido al que haría un toro torpe al intentar derribar la casa y me quedé en el suelo boca abajo, jadeando exhausto, abriendo y cerrando la boca como si acaso eso me pudiera servir para respirar. Cuando la persona que me había golpeado se me acercó, por un segundo llegué a oler de nuevo aquello que parecía carne requemada con sangre vieja y seca.

Intenté volverme hacia ella.

—¡Por favor, se lo juro, estaba aquí por una buena razón! —farfullé como pude, sintiendo un miedo atroz, mucho mayor que el que me había causado aquel sótano.

Sin embargo, aquella persona colocó algo duro y pesado sobre mi espalda, una bota tal vez, y me inmovilizó. Entonces me agarró una mano mientras yo jadeaba y suplicaba sin saber qué estaba pasando.

Me seccionó la articulación del dedo sin más, sin palabras ni tiempo perdido, pero ni lo sentí ni fui consciente de lo que había pasado hasta unos segundos después. Entonces de golpe me impactó un dolor intenso, una quemadura que penetró por los nervios de mi mano y me atravesó la base del cráneo. Después, miles de cuchillas se restregaron contra la carne viva de mi muñón. Grité, desesperado, chillé y lloré y me agarré la mano, me revolví en el suelo de un lado a otro y la sangre me manchó la ropa.

Mientras, aquella persona se marchaba de la casa llevándose mi dedo.

2



Albert Fish tenía visiones en las que se le aparecía Jesucristo. Una noche la visión le dijo algo que no pudo entender, pero que él mismo interpretó a su manera buscando en la Biblia. De ahí sacó su idea de que la carne debía ser azotada.

Fish se flagelaba cada día, pero también soñaba con flagelar a otros, con causarles un dolor que para él era placer. En su delirio bíblico, llegó a considerar que debía sacrificar a un niño igual que Abraham intentó sacrificar a su hijo Isaac. Para él sus hijos eran ya muy mayores, así que su mente enferma deliró con la idea de que la víctima debía ser un niño pequeño. Además tras su detención se supo que, antes de que la muerte de la niña a la que había devorado saliese a la luz, Fish gritaba en sueños el nombre de Grace. Ante un hecho así y una confesión de sacrificio tan horrenda, ¿cómo iba a dudar la gente de que él había sido el monstruo que había matado y devorado a Grace Budd? Pero esa gente nunca había hablado en persona con él. No habían conocido su delicadeza de emociones, su alma amable. Tampoco su sufrimiento interior.

Sin embargo, el problema era otro: ahora yo estaba teniendo los sueños de Fish. ¿Me había convertido acaso en el loco al entrar en su mente?

No sé cuánto tiempo pasé delirando por la droga que me habían dado para el dolor. Veía a Albert Fish vestido con una túnica, igual que Jesucristo en el cuadro antiguo de una iglesia a la que hacía años que no iba. Estaba frente a mí con una mano alzada como si me bendijera, y su cara mostraba aquella afabilidad que siempre le había visto en nuestras sesiones de terapia. Era un anciano consumido y de ojos introspectivos que iban de aquí para allá como si vagaran perdidos por sus propias obsesiones, un pobre hombre al que habían acusado de ser un monstruo. Ahora estaba rezando por mí, todo a pesar de que yo había debido ofender a Dios y al universo entero para que me hubiesen castigado matando a mi mujer y a mi hijo.

Sí, a pesar de todo Fish estaba ahí, velándome y llamándome.

Desperté tan empapado en sudor que pensé que me estaba ahogando en un pantano. Era de noche y me encontraba en mi apartamento. La enfermera que me cuidaba se había marchado hacía mucho ya. Sin embargo, yo estaba convencido de que alguien me estaba observando. Tuve miedo y me llevé la mano al dedo cortado. El tormento de la hoja de metal serrando la carne seguía allí, agotador e inacabable, y me volvía loco. Me encogí en la cama mientras miraba la oscuridad. El dedo que me faltaba era el del anillo, y con él había desaparecido el último vínculo que me quedaba con Maggie. Pobre y amada esposa y colega, que solo había vivido para sufrir desde que mi hijo había desaparecido, como tantos otros niños, a manos de un asesino que había debido ser, simplemente, un monstruo.

Me di cuenta entonces de que el aire estaba helado, y sentí un escalofrío en la nuca. Yo no creía en fantasmas sino en delirios y alucinaciones, y tampoco antes me había pasado algo así. Sin embargo...

—¿Maggie...? —susurré. Oír que mi voz temblaba tanto aumentó mucho más mi miedo. Es un efecto psicológico simple y de explicación racional, pero aun así nada asusta tanto como hablar en la oscuridad cuando sabes que no hay nadie en la casa.

Me obligué a pensar que tal vez no fuese mi mujer la que hubiese vuelto del Más Allá para visitarme, sino que podía ser la misma persona que me había cortado el dedo. Alguien vivo. Sin embargo, eso me provocó más miedo aún.

Pero no podía quedarme allí, quieto.

Me incorporé con cuidado, aunque la cama chirrió por mi enorme peso y mi aún más grande torpeza. Tanteé la mesilla en busca de mis gafas y, descalzo y vestido solo con la camisa y los calzones empapados de sudor, saqué una linterna de la mesilla de noche y salí con cuidado al pasillo. Me tapé la boca con la mano mutilada para que mi jadeo asustado no me delatase. Me moví con precaución, enfocando la luz al suelo para no tropezarme con algo que en mi agitación no fuese capaz de ver. Reprimiendo los gemidos de dolor por aquel maltrato a mi viejo cuerpo convaleciente, llegué a la cocina. Hacía más frío allí, y por un momento el temor me mordió el estómago.


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