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Excerpt for La vanidad de los pensamientos by , available in its entirety at Smashwords

La vanidad de los pensamientos



por



Thomas Goodwin,

traducción por Manuel Bento Falcón



Published by Manuel Bento Falcón at Smashwords

Copyright 2019 Manuel Bento Falcón

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Señor Jesucristo, gracias por haberme dado parte en tu obra, y haberme comprado con tu sangre. Gracias por darme una familia, y tiempo para servirte traduciendo textos

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Tabla de contenidos



Texto inicial: Jeremías 4:14

La maldad y vanidad del corazón

1. ¿Qué se quiere significar por "pensamientos"?

2. ¿Qué es la vanidad?

3. Los pensamientos son pecaminosos

¿En qué consiste esta vanidad?

La vanidad positiva de nuestros pensamientos hacia el mal

El corazón del ser humano está repleto de maldad imaginada

Los beneficios de conocer la vanidad del pensamiento

Remedios contra los vanos pensamientos

Acerca del autor: Thomas Goodwin









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Texto inicial: Jeremías 4:14



Jeremías 4:14

“... ¿Hasta cuándo permitirás en medio de ti los pensamientos de iniquidad?”.



En estas palabras, nuestro Dios compara el corazón a una especie de mansión con muchas habitaciones grandes en las que se puede atender y alojar a multitud de invitados. Antes de la conversión, tienen acceso libre y abierto a este corazón todos los pensamientos vanos, superficiales, vagos, profanos y disolutos que campan a sus anchas por el mundo (tal y como tus propios pensamientos hacen, corriendo alborotados todo el día). El corazón proporciona a estos pensamientos una casa abierta, dispuesta, que les da la bienvenida alegremente. Los acompaña en su viaje por todo el mundo, buscando los placeres más primorosos para darles alimento con ellos.

El corazón carnal alberga estos pensamientos y les permite charlar y estar de fiesta día y noche, contaminando sus habitaciones con su deplorable suciedad y vómitos. "¿Hasta cuándo ", dice el Señor, "permitirás en medio de ti los pensamientos de iniquidad, mientras Yo y mi Espíritu, mi Hijo, y mi multitud de gracias están a la puerta y llaman sin que se les permita entrar?".

Esta casa, este corazón, ha de ser limpiado de toda suciedad: "Lava tu corazón de maldad" dice también Jeremías 4:14. Ha de ser lavado, no solo barrer los males mayores (como en Mateo 12:44). Ha de ser lavado y limpiado de todas las contaminaciones que se pegan en lo más íntimo y que se incorporan y operan en el espíritu. Estos invitados vanos y revoltosos, estos pensamientos, han de ser echados fuera sin ningún aviso. Ya han permanecido dentro demasiado tiempo, ya que el Señor dice "¿Hasta cuándo?". En la conversión, la casa del alma no es derribada, pero estos invitados han de ser expulsados. Y aunque no podemos mantenerlos fuera (porque siempre podrán entrar mientras estemos en esta morada de barro), no debemos consentir que se alojen en nuestro interior por más tiempo.

Si en la mañana o durante el día llegan pensamientos de ira o venganza, deben ser echados fuera antes de la noche "no se ponga el sol sobre vuestro enojo" (Efesios 4:26), porque si no lo haces, puedes albergar un invitado mucho peor en tu corazón junto con tus pensamientos iracundos: "ni déis lugar al diablo" (Efesios 4:27). Este traerá a siete peores con él (Mateo 12:45). Si los pensamientos impuros quieren irse a la cama contigo, no lo permitas.

La conclusión es esta: No son los pensamientos que están en tu corazón, o lo que pasa a través de él, sino el alojamiento que les das, lo que marca la diferencia y prueba tu arrepentimiento. Por el corazón de un hombre malo, pueden pasar muchos buenos pensamientos e intenciones como si se tratase de extraños, y, del mismo modo, multitud de pensamientos vanos pueden hacer su paso a través del corazón de un creyente, alterando sus buenas obligaciones, tocando a su corazón e interrumpiéndole. Es posible que estos entren al corazón de un buen hombre, pero no se les debe permitir permanecer allí; no deben promoverse ni alojarse en el interior.









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La maldad y vanidad del corazón

Mi enfoque será descubrir la maldad y vanidad que el corazón tiene por naturaleza. Esto por ahora, porque aún estamos tratando con la parte más superficial, buscando entender y ver las contaminaciones que hemos de limpiar. La siguiente contaminación de la que trataré de ocuparme en mi quebrantado orden, es la de nuestro tema específico: La vanidad de tus pensamientos.

Escojo este texto como base solo para descubrir, porque he de confesar que mi tema es de una extensión casi infinita. Hacer un descubrimiento exacto y particular de todas las vanidades de nuestros pensamientos, viajar por toda la creación, recopilar y dar cuenta de toda la vanidad que abunda en todas las criaturas, fue, como sabes, la tarea de Salomón, el más sabio de los hombres. Pero la vanidad de nuestros pensamientos no puede ser medida, ya que existen muchas variedades. Nuestros pensamientos hicieron que las criaturas fuesen "sujetas a vanidad" (Romanos 8:20), por tanto, deben estar ellos mismos aún más sujetos a vanidad.

Mostraré (1) que se quiere significar por "pensamientos"; (2) qué se quiere significar por "vanidad"; (3) que nuestros pensamientos son vanos; y (4) en qué consiste esa vanidad, tanto en general como en algunos particulares.









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1. ¿Qué se quiere significar por "pensamientos"?

En primer lugar, las Escrituras entienden por pensamientos todos los actos internos de la mente del hombre, sea cual sea su facultad: todos los razonamientos, consultas, propósitos, resoluciones, intenciones, objetivos, deseos, cuidados etc. de la mente del hombre, en oposición a sus palabras y actos externos. En Isaías 66:18, las acciones se dividen en dos grupos: "Porque yo conozco sus obras y sus pensamientos; tiempo vendrá".

Aquello que se mueve dentro de la mente es llamado pensamientos. Cualquier cosa que se manifiesta hacia afuera en acciones se llama obras. Así lo vemos en Génesis 6:5 "todo designio de los pensamientos", es decir, todo lo que la mente elabora dentro de sí misma, los propósitos, deseos, etc. son "de continuo solamente mal". Se dice esto de las cosas que "suben a vuestro espíritu" (Ezequiel 11:5), y así lo usamos y entendemos. Por tanto, recordar a alguien es "pensar" acerca de él. Cuando nos proponemos una cosa decimos "pensé” hacerlo. Preocuparse por un negocio es "pensar" en el mismo (1 Samuel 9:5). La razón porque estos se llaman pensamientos es porque ciertamente todos nuestros afectos, deseos y propósitos son estimulados por nuestros pensamientos, son alimentados fomentados y nutridos por los mismos. Nunca sucede un pensamiento sin estimular alguna emoción de temor, gozo, preocupación, tristeza, etc.



Aunque en este versículo (Jeremías 4:14) se expresa en grandes términos, la vanidad de los pensamientos es tan enorme en su plenitud que no podemos encargarnos de ella en este momento. Más bien nuestro tema será aquello que más adecuadamente se conoce como pensamiento, meditación y poder de consideración del ser humano. En este sentido, los pensamientos no solo se distinguen de tus obras, sino también de los propósitos e intenciones. Así como sucede con el alma y el espíritu (Hebreos 4:12), las intenciones y los pensamientos parecen diferenciarse. En Job 20:2-3 los "pensamientos" se ven identificados con el "espíritu de inteligencia". Y de nuevo, siendo más estrictos, no nos encargaremos aquí de todos los pensamientos del entendimiento. No nos encargaremos de todos los razonamientos y deliberaciones de nuestras acciones, sino solamente de los pensamientos especulativos: de aquellos cuidados y aprehensiones más simples que surgen, de aquellas fantasías y meditaciones que el entendimiento (con la ayuda de la imaginación) elabora acerca de las cosas, de aquellos que tu mente considera y en los que se ve absorbida y ensimismada. Eso es lo que quiero significar aquí por pensamientos.

Me refiero a esas "charlas de la mente" con las cosas que conocemos (Proverbios 6:22), esas entrevistas y conversaciones que la mente tiene con las cosas que se permiten entrar en ella, con las cosas que tememos, con las que amamos, ya que nuestras mentes convierten todas esas cosas en compañeras, y nuestros pensamientos discurren con ellas elaborando mil conceptos sobre las mismas. Esto es a lo que me refiero con pensamientos. Tenemos potestad para razonar y deliberar, por lo cual nos preguntamos continuamente "¿qué haremos?". Por medio de esto razonamos y discutimos sobre las cosas, y eso es un aposento más íntimo, el gabinete y concilio secreto del corazón. Pero también existe un lugar más externo, esa sala de presencia que recibe a todos los invitados, que es la potestad para pensar, meditar y ensimismarse del ser humano. Esta sugiere temas para deliberar, consultar y razonar, mantiene los distintos objetos hasta que los vemos, y entretiene todo lo que viene a conversar con cualquiera de nuestras emociones.

En segundo lugar, "aquello que la mente elabora dentro de sí misma", porque así es que las Escrituras expresan su origen y la manera en que se forman. "Perversidades hay en su corazón" (Proverbios 6:14), y siempre está forjando maldades, como un herrero, siempre las está amartillando. Los pensamientos son los materiales de esta perversidad en nosotros. De todas las cosas que se nos presentan, la mente concibe algunos pensamientos e imaginaciones. Tal y como se conciben los deseos, también los pensamientos "conciben maldades, y dan a luz iniquidad" (Isaías 59:4). En el versículo siete pone como ejemplo los "pensamientos de iniquidad", porque nuestros pensamientos salen de nuestros propios corazones, son como huevos que ponemos nosotros, a pesar de que las cosas que se nos ponen por delante vengan del exterior.

Añado esto para diferenciarlos de los pensamientos que se nos inyectan y emiten desde el exterior, y que son hijos de otro. Tales son los pensamientos blasfemos, que son emitidos por Satanás, en los cuales el alma puede estar simplemente pasiva (como la palabra "abofetee" implica en 2 Corintios 12:7). Estos pensamientos no son tuyos, sino de él. Es como cuando alguien que está en una habitación diferente escucha a otro hablar mal y maldecir sin poder evitarlo. Estos pensamientos, si solo vienen de fuera, no contaminan a la persona, ya que nada contamina al hombre salvo lo que viene de dentro (Mateo 15), es decir, aquello que el corazón ha concebido en su interior (como sucede con los pensamientos impuros). Pero aunque Satanás puede ser el padre, el corazón puede ser como el vientre materno, y amarlos como una madre ama a sus hijos naturales. Nuestros pensamientos pueden distinguirse de los pensamientos externos en que nuestro corazón es tierno hacia ellos, hay un amor interno y el corazón besa a su hijo. Cuando el corazón empolla esos huevos, es seguro que son pensamientos nuestros, incluso si vinieron de fuera.

Hemos de añadir lo siguiente: que incluso en aquellos pensamientos en que el alma es pasiva, cuando Satanás pone malos pensamientos que no son nuestros y viola el corazón (ya que si no hay consentimiento a estos pensamientos en nuestro interior no es más que una violación, como se expresa en la ley), estos son a veces castigos apropiados por nuestro descuido hacia nuestros pensamientos, ya que les hemos permitido vagar (tal como hizo Dina cuando fue a ver a las hijas de la tierra, y fue tomada y violada contra su voluntad como castigo a su curiosidad). O pueden ser castigos por descuidar las buenas intenciones del Espíritu, ya que si le resistimos y lo contristamos, Este puede disciplinarnos tal como nosotros disciplinamos a nuestros hijos. Él puede permitir que nos veamos asustados por pesadillas o contristados por Satanás de forma que aprendamos lo que es descuidarle y albergar la vanidad.

En último lugar, añadiré "aquello que la mente (con ayuda de la imaginación) concibe y con lo que se entretiene", porque en ningún momento existen pensamientos o figuras de cosas en nuestra imaginación que al mismo tiempo no sean reflexionadas por el entendimiento. Es como si dos espejos se pusiesen frente a frente. Todo lo que aparece en uno de ellos, también aparecerá en el otro.









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2. ¿Qué es la vanidad?

Si los comparamos con cualquier forma de vanidad aceptada como tal, podemos ver que nuestros pensamientos son vanos.



La vanidad puede entenderse como:

(1) Algo poco provechoso. Así se expresa en Eclesiastés 1:2-3 "Todo es vanidad", porque no hay provecho de ello bajo el sol. Así son nuestros pensamientos por naturaleza. Los más sabios de ellos no nos sostendrán firmes en tiempo de necesidad, de tentación, de angustia de la conciencia, ni en el día de la muerte o del juicio. Toda la sabiduría de los sabios llegará a ser "nada". El corazón de los impíos vale "como nada" (Proverbios 10:20). Pero los pensamientos de la persona piadosa son su tesoro "El buen hombre del buen tesoro de su corazón" saca (Mateo 12:35). Los acuña y son depositados como riquezas (Salmos 139:17), "Cuan preciosos son tus pensamientos" se dice.

(2) La vanidad puede entenderse como algo ligero. "Menos que nada [o más ligeros que vanidad]" es la frase que se usa en Salmos 62:9. Es algo que se dice de los seres humanos, y si hay algo en ello que sea más ligero que otra cosa, son los pensamientos que nadan en la parte superior, flotando en lo alto. Estos son la escoria del corazón. Cuando los mejores pensamientos del rey Belsasar, los más sabios, profundos y sólidos fueron pesados, se encontró que eran demasiado ligeros (Daniel 5:27).



(3) La vanidad se considera necedad. En Proverbios 12:11, se dice que los hombres vanos son "faltos de entendimiento". Así son nuestros pensamientos. Entre otros males que se dice que "salen del corazón", la necedad es uno (Marcos 7:21-22). Estos necios pensamientos son los que tienen los hombres que no son cuerdos: pensamientos sin propósito de los cuales no puede sacarse nada útil. Son pensamientos cuyo origen es un misterio para el hombre que los tiene, porque no sabe hacia dónde se dirigen.



(4) La vanidad se considera inconstancia y fragilidad. En Salmos 144:4 se usan la vanidad y las sombras como sinónimos. Tales son nuestros pensamientos, cambian rápido y mueren. Como burbujas, nuestros pensamientos "perecen" (Salmos 146:4).



(5) Por último, los pensamientos vanos son malos y pecaminosos. La vanidad en el texto está unida a la maldad. Los hombres vanos y los hijos de Belial [personas sin valor] van juntos en 2 Crónicas 13:7. Tales son nuestros pensamientos por naturaleza. Proverbios 24:9 dice "el pensamiento del necio es pecado". Por tanto, un hombre debe ser humillado por su pensamiento orgulloso (Proverbios 30:32). Del mismo modo, el ponerse la mano en la boca se toma, como en Job 40:4, como indicación de ser vil a los propios ojos.











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3. Los pensamientos son pecaminosos



Al encargarme de la vanidad de los pensamientos, insistiré principalmente en esto. La gente suele pensar que los pensamientos son libres, pero la única doctrina que trataremos aquí es esta: ¡Los pensamientos pueden ser pecado!



(1) La ley los juzga (Hebreos 4:12), reprende al hombre por ellos (1 Corintios 14:25), y por tanto son transgresiones de la ley. Cristo reprendió a los fariseos por sus malos pensamientos (Mateo 9:4), lo cual muestra la excelencia de la Ley, que alcanza incluso hasta los pensamientos.



(2) Los malos pensamientos son sujetos de perdón; han de ser perdonados para que seamos salvos (Hechos 8:22), lo cual es un buen argumento acerca de la misericordia de Dios, ya que los pensamientos son infinitos.



(3) Hemos de arrepentirnos de los pensamientos. Se expresa que el arrepentimiento ha de comenzar en los pensamientos "Deje ... el hombre inicuo sus pensamiento" (Isaías 55:7). Tampoco una persona está plenamente convertida hasta que "todo pensamiento" es llevado a la "obediencia" (2 Corintios 10:5), lo cual es un buen argumento de que los pensamientos son rebeldes por naturaleza y contrarios a la gracia. Y es también un buen argumento del poder de la gracia, que es capaz de gobernar y subyugar un ejército tan grande como lo son nuestros pensamientos, y dirigirlos a todos ahora, así como en el día en que seamos hechos perfectamente santos.

(4) Los pensamientos contaminan a la persona, y no hay nada que contamine excepto el pecado. "Del corazón proceden los malos pensamientos" y estos "contaminan al hombre" (Mateo 15:18-19).

(5) Los pensamientos pueden ser una abominación para el Señor. Pero Él no aborrece nada salvo el pecado, y sus puros ojos no pueden soportar "ver el mal" (Habacuc 1:13). Así como la buena meditación es grata para Él (Salmos 19:14), por la regla de los contrarios, los malos pensamientos son abominables.

(6) Los pensamientos vanos obstaculizan todo el bien que podríamos hacer, y arruinan nuestras mejores obras. Los vanos pensamientos apartan el corazón, de forma que cuando una persona se acerca a Dios, su corazón, a causa de sus pensamientos "está lejos de Él" (Isaías 29:13). El corazón humano se va tras de su codicia, tal como dice el profeta, porque sus pensamientos corren en esa dirección. Ahora bien, nada sino el pecado puede separarnos de Dios, y todo lo que nos aparta de Dios es pecado, enemistad con Él.

(7) De todo el mal que hay en nosotros, nuestros pensamientos son los primeros en moverse. Son los que inician el movimiento, llevando al corazón hacia el objeto que busca. Son los que consienten nuestros malos deseos, sosteniendo frente a ellos lo que buscan hasta que el corazón cae en adulterio. Así, cuando imaginamos la impureza, así como en otros deseos, los pensamientos son quienes sostienen las imágines de aquellos dioses que creamos, y el corazón se postra y los adora. Nuestros pensamientos presentan alabanzas, riquezas y belleza al corazón hasta que este las adora, incluso cuando las cosas mismas no están presentes.









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4. ¿En qué consiste esta vanidad?

Primero, la descubriremos en lo que respecta a pensar lo que es bueno, en cuan incapaces somos de buenos pensamientos y como los aborrecemos. Luego, en segundo lugar, se mostrará lo dispuestos que estamos a pensar cosas vanas y malignas.

(1) Normalmente y de forma natural, carecemos de la capacidad para iniciar y extraer pensamientos y consideraciones santas y útiles de todas las ocasiones y sucesos ordinarios. Pero un corazón santificado, en cuyos afectos se ha encendido la verdadera gracia, destilará meditaciones santas y dulces de las cosas que ve y escucha debido a los tratos que ha recibido de Dios. Lo hace por la naturaleza divina que tiene en su interior. Así fue con nuestro Salvador, ya que de todos los discursos de otras personas, de las cosas que veía y experimentaba, se elevaban en Él meditaciones celestiales (como podemos ver a través de los evangelios). Cuando llegó a un pozo, habló del agua de vida en Juan 4, y se pueden dar muchos otros ejemplos. Él, en sus pensamientos diarios, tradujo el libro de la creación en un libro de gracia. Y también lo hizo así el corazón de Adán en su estado de inocencia; veía a Dios en todo, y todas las cosas despertaban en su corazón agradecimiento y alabanzas. De igual manera, ahora nuestros corazones y mentes deberían hacer lo mismo, ya que están santificados. Tal y como la abeja succiona la miel de todas las flores, y como un estómago sano extrae dulzura y se nutre de aquello que pone en su interior, un corazón santo convierte y digiere todo en pensamientos espirituales y útiles.

Esto es algo que puedes ver en el Salmo 107, que da muchos ejemplos acerca de la providencia de Dios, de cómo esta libra en el mar y en otros lugares. Pero el pie del cántico es este: "Oh, si los hombres alabasen al Señor... por sus maravillas con los hijos de los hombres". Después de dar muchos ejemplos, concluye que los rectos verán estas cosas y se alegrarán, y extraerán pensamientos de consuelo de todas ellas: "Quien es sabio... guardará estas cosas", es decir de todo esto extraerá observaciones santas, del principio de sabiduría entenderá la bondad de Dios en todo, y su corazón se verá motivado a pensamientos de alabanza, agradecimiento y obediencia.

Comparemos esto con el Salmo 92, donde se nos dice que observemos las obras de Dios y tengamos pensamientos santos por ellas, que digamos "¡Cuán grandes son tus obras!". Pero aquellos que son como animales no lo conocen "el insensato no entiende esto". Es decir, al ser como una bestia, al no tener un principio santificado de sabiduría en su interior, no mira más allá de lo que lo haría un animal en todas las obras de Dios y las cosas que suceden. Puede que vea las bendiciones como cosas que Dios ha provisto para el deleite de los hombres, pero rara vez saca de ello pensamientos santos, espirituales y útiles, ya que carece de la capacidad y el arte para hacerlo.

Por ejemplo, si otros nos hieren ¿qué pensamientos tenemos de esas afrentas? ¿Son pensamientos de venganza? Meditamos en cómo devolver el daño. Pero podemos ver de qué forma tan natural la mente de David destila otro tipo de pensamientos cuando es maldecido por Simei: "Si él así maldice, es porque el Señor le ha dicho que maldiga a David", y luego dice "Quizá mirará el Señor mi aflicción, y me dará bien por sus maldiciones". Cuando vemos que el juicio cae sobre otros, de nuestras mentes se disponen a salir pensamientos de censura, tal y como pasó con los amigos de Job. Pero un hombre piadoso, cuya mente está santificada, tiene otros pensamientos y "considera sabiamente" (Proverbios 21:12).

Cuando recaen sobre nosotros misericordias materiales, el siguiente pensamiento que tenemos es el de hacer proyectos para vivir cómodamente de nuestras riquezas: "Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años" (Lucas 12:19). Cuando lo que llegan son juicios, somos rápidos en llenarnos con pensamientos de queja, temor, o preocupación acerca de cómo saldremos de esa situación. ¿Cuáles fueron los primeros pensamientos de Job cuando escuchó que había perdido todo lo que poseía? "El Señor dio, y el Señor quitó; sea el nombre del Señor bendito... En todo esto no pecó Job" (Job 1:21; 2:10)

Un buen corazón asimila pensamientos como estos siempre que se presenta la oportunidad. Pero si nuestros pensamientos son estériles, también son vanos.

(2) La vanidad y pecaminosidad de la mente se muestra en nuestra falta de disposición para tener pensamientos santos. Aborrecemos dedicar nuestras mentes a pensar en Dios, a pensar en las cosas que son nuestra paz. Somos como escolares que odian estudiar lo que es para su bien y ocupar su mente en sus lecciones, porque sus cabezas solo piensan en jugar. De este modo, nuestras mentes odian entrar en consideraciones serias, en pensamientos solemnes acerca de Dios, la muerte, y cosas similares. Las personas odian pensar en su muerte tanto como los ladrones aborrecen pensar en la ejecución. Como contraste, podemos observar que se deleitan en meditar sobre sus planes. Sin embargo, si la mente se ocupa con cosas buenas, cosas que son para nuestra paz, ¡qué inconstante se vuelve! Esto es lo que debería atraer la atención de la mente, ya que cuanto más excelente es aquello en lo que ponemos nuestros pensamientos, más fuerte debería ser nuestra atención. Dios es lo más glorioso en lo que nuestras mentes pueden fijarse, lo más atrayente. Los pensamientos acerca de Él deberían tragarse otros pensamientos, ya que no son dignos ni de compartir con Él el mismo día.

Pero apelo a tu experiencia ¿acaso no son los pensamientos que le dedicas a Él los más inestables? ¿Acaso no tienes los mismos problemas manteniendo pensamientos acerca de Dios que sosteniendo un telescopio con una mano temblorosa para mirar una estrella? Nos lleva un largo tiempo concentrar nuestras mentes en Él, poner los ojos de nuestra mente sobre Él, y, cuando lo hacemos ¡Cómo tiemblan nuestras manos! ¡Cuán a menudo perdemos la vista de Él! Cuando estamos en la más seria conversación con Dios, cuando todo lo demás debería mantenerse fuera, ¡Cuántas fugas hay en el corazón por las que una inundación de otros pensamientos entra! Nuestras mentes abandonan a Dios y lo siguen, nuestros corazones se van en pos de la avaricia, como dice el profeta (Ezequiel 33:31). Y cuando estamos escuchando la Palabra de Dios ¡Cuán fácilmente se van nuestras mentes fuera de la iglesia una y otra vez, escuchando solo la mitad de lo que se dice!

Así pues, cuando estamos ocupados en una tarea, lo cual Dios nos ordena que hagamos con todas nuestras fuerzas (Eclesiastés 9:10), nuestras mentes, como unos niños truhanes y ociosos, como siervos negligentes (por muy serio que sea el negocio que se tiene entre manos), se saldrán del camino para ver cualquier entretenimiento, para correr tras cualquier liebre que cruce el camino y seguir cualquier mariposa que revolotee a nuestro alrededor.



Esto puede verse mejor cuando acudimos a la oración, donde Cristo nos ordena "velad y orad" (Mateo 26:41), cuando deberíamos poner un guardia en cada puerta de forma que nada viniese a molestarnos. ¡Cuán a menudo nuestro corazón cabecea y se duerme, escapándose a otro mundo como en los sueños! Sí, las distracciones son tan naturales para nosotros cuando estamos ocupados en alguna cosa de Dios que somos como personas enfermas de las que sale excremento antes de que lo sepan. Así salen los pensamientos mundanos de nosotros antes de saberlo, somos arrastrados de ese arroyo de bien por el que va nuestra mente a algún lodazal.



(3) La vanidad de la mente se muestra al pensar en cosas buenas. Si la mente piensa en ellas, lo hace en el momento equivocado. Con tus pensamientos sucede como con lo que hablas: si son buenos o no, es algo que recae en su orden y colocación. Tal y como una persona ha de producir buenos actos, sus buenos pensamientos han de ser "a su tiempo". La vanidad de la mente se evidencia al pensar en cosas buenas en el momento equivocado. Cuando estás orando, no solo has de evitar que se introduzcan en tu mente pensamientos mundanos, sino que no deberías tener otros pensamientos que no sean los de oración. Sin embargo, quizás aparecen pensamientos acerca de un buen sermón. Al escuchar, se pueden tener buenos pensamientos que no tienen que ver con el asunto que se tiene entre manos. Cuando estamos en oración, recordamos algo bueno que hemos olvidado, o cualquier otra cosa que nos afecta aparece para distraernos.

Este mal acomodo de nuestros pensamientos, incluso de los que son buenos, es vanidad de la mente. Nos encontramos con que nuestras mentes están dispuestas a pensar en cualquier cosa antes que en aquello que Dios nos llama a hacer en el presente. Si vamos a un sermón, preferimos pensar en leer, o examinamos nuestros corazones en lugar de escuchar. Pero cuando se nos llama a hacer estas cosas en otro momento, tenemos mala disposición a hacerlas. Nos sentimos felices de correr desbocados por el prado de nuestras meditaciones y buenos pensamientos varios, en lugar de concentrarnos con la tarea que tenemos entre manos.

Sin embargo, en Adán y en Cristo ningún pensamiento estaba fuera de lugar. Aunque sus pensamientos eran tantos como las estrellas, marchaban todos en su lugar, manteniendo las filas. Por el contrario, los nuestros bajan y suben como meteoros. El desorden de nuestros pensamientos es vanidad y pecado, por muy buenos que sean en su sustancia. No todo el mundo, ni siquiera el que tiene el mejor papel, debe subirse al escenario para actuar, sino que cada uno debe esperar su entrada. En la imprenta, incluso las letras más hermosas han de colocarse en su orden correcto, ya que si no trastocan el significado. Los soldados no deben romper sus filas, ni tampoco deberían hacerlo nuestros pensamientos. Como leemos en proverbios 16:3, existe una promesa para los rectos si sus pensamientos "son afirmados (ordenados)".











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La vanidad positiva de nuestros pensamientos hacia el mal

(1) La vanidad de los pensamientos se descubre en lo que Cristo llama "insensatez" (Marcos 7:22), es decir, el tipo de pensamientos que tienen las personas que padecen locura. La insensatez puede observarse en el vagar sin asentarse y la oscilación de la mente al pensar. Salomón dice que "los ojos del necio vagan hasta el extremo de la tierra" (Proverbios 17:24). Corren hacia arriba y hacia abajo, de un extremo de la tierra al otro, moviéndose rápidamente. Y aunque la mente humana es muy ágil y capaz de ir de un extremo de la tierra al otro, y precisamente esta es su fuerza y excelencia, Dios quiere que empleemos este poder y agilidad en dirigir firmemente nuestros pensamientos hacia Su gloria, nuestra propia salvación, el bien de otros, y cosas semejantes. Él dio agilidad a nuestras mentes para que se apartasen del mal incluso en sus primeros atisbos. Hemos de andar en el camino de Dios, y cada pensamiento y acción es un paso que debería ser firme. "Haced sendas derechas para vuestros pies" (Hebreos 12:13), no hemos de girar a la derecha o la izquierda hasta que lleguemos al fin de ese asunto en el que se supone que tenemos que estar pensando.

Pero nuestros pensamientos son como perrillos traviesos: Ciertamente siguen a su amo y llegan con este al final de su viaje, pero también corren tras cada pájaro, persiguen cada ave u oveja que ven. Esta falta de firmeza proviene de la maldición que existe sobre la mente humana, como Caín que "salió de delante del Señor" (Génesis 4:16). Nuestras mentes son vagabundas, y nuestros ojos se posan en los confines de la tierra.

Sin embargo la necedad también se ve en la independencia de nuestros pensamientos. A menudo cuelgan juntos como cuerdas de arena. Vemos esto en los sueños. Pero no solo en ellos, porque cuando estamos despiertos, incluso cuando nos proponemos ser más serios ¡Cuán a menudo nuestros pensamientos tintinean o van en dirección opuesta! Como niños traviesos, a veces escriben palabras truncadas que no tienen coherencia, y si pudieses tan solo leer lo que has pensado, encontrarías tan poco sentido en ellos como en los discursos de un loco. Esta locura, esta falta de templanza está en la mente desde la caída (aunque puede no ser aparente en nuestras palabras). Tanto que si se tomasen notas de nuestra multitud de pensamientos, encontraríamos que son tan errantes que nos preguntaríamos como entraron en nuestro interior, de dónde vinieron, y dónde intentaban ir.

Pero Dios todo lo hace con un determinado peso, número y medida, y así también forma su imagen en nosotros siempre y cuando haya sido renovada. Ya que nuestros pensamientos son inconstantes, y debido a que dependen tanto los unos de los otros, a menudo no ganan en perfección. Malgastamos nuestro tiempo pensando en nada. Como dijo Séneca, las vidas de los hombres son como barcos empujados hacia un lado y otro del mar, y nuestros pensamientos han vagado mucho, pero no han llegado a ninguna parte.

(2) Por otra parte, si a la mente llega una fuerte lujuria o pasión violenta, nuestros pensamientos se concentran con firmeza e intención en ellas. Corren hacia lo pecaminoso de tal forma que no hay manera de arrancarlos de ello o distraerlos. Esto es otra vanidad. Nuestros pensamientos y entendimiento fueron asignados para moderar, suavizar, enfriar y apartar nuestras pasiones cuando estas se desbordan, para gobernarlas y dominarlas. Pero, en lugar de eso, se sujetan a nuestras emociones, convirtiéndose en algo parecido al combustible para nuestros malos deseos, y haciéndoles arder más. Y aunque nuestros pensamientos al principio estimulan nuestros temores, alegrías y deseos, una vez que estos se ven avivados acaban encadenando, fijando y reteniendo nuestros pensamientos de forma que no podemos desatarlos. Es por eso que Cristo dijo a sus discípulos "¿Por qué estáis turbados, y vienen a vuestro corazón estos pensamientos?" (Lucas 24:38), ya que las turbulencias en las emociones hacen que los pensamientos se levanten como vapores y humo. Si sobre nosotros cae alguna pasión o temor, ¡qué gran multitud de pensamientos conjuran, de forma que no podemos volver a calmarlos! Estos pensamientos nos acechan, nos persiguen arriba y abajo donde quiera que vayamos. Nuestros propios pensamientos nos persiguen "Tu corazón imaginará el espanto" (Isaías 33:18).

Así por ejemplo, cuando recae sobre nosotros la tristeza, nos hace pensar mucho en la cruz que ha sido puesta sobre nosotros (en lugar de olvidarla, lo cual daría alivio a la mente). Cuando una persona tiene una fuerte emoción, esta hace que sus pensamientos la estudien y la reciten de memoria una y otra vez.



De esta forma, al embargarnos la emoción y el deseo, sea cual sea la cosa que nos atrae (puede ser un ascenso, recibir alabanzas, la belleza, la riqueza), esto pone nuestros corazones a trabajar para examinar aquella cosa de arriba a abajo, para hacerla amigable a nosotros. Cuando tenemos gozo, miramos una y otra vez aquello en lo que nos regocijamos, lo leemos una y otra vez, tomamos nota de cada detalle y no olvidamos. Sí, somos tan desordenados en ello que no podemos ni dormir pensando en el asunto "al rico no le deja dormir la abundancia" (Eclesiastés 5:12). Salomón nos escribe acerca del hombre codicioso. ¡Cuántos problemas causan al mundo los pensamientos que los Belsasares y Nabucodonosores tienen acerca de él! Como dice en Proverbios 4:16 "Porque no duermen ellos si no han hecho mal". Si sus deseos no son satisfechos, estos alteran sus pensamientos, tal como lo hacen unos niños desagradables que no paran de llorar.

La mayoría de las personas piensa que estos pensamientos son libres, pero con frecuencia acaban siendo los que más torturan y esclavizan a los que los tienen. Impiden el sueño, el cuidado natural (puesto que devoran el corazón que los alimenta y fatigan el espíritu), y la persona no puede quitárselos como haría con un abrigo. Cuando mueren, estos pensamientos los persiguen hasta el infierno y los atormentan aún más. Allí estos son los mayores verdugos, el gusano que no muere (Marcos 9:44).

(3) La vanidad de la mente se hace visible en la curiosidad. Tenemos anhelo y comezón por conocer cosas que no nos importan en lo más mínimo, y nos deleita pensar en ellas. Una prueba de esto son los eruditos, cuyo principal trabajo recae en esto: ¡Cuántos preciosos pensamientos se malgastan en la curiosidad! Existe una curiosidad por el conocimiento, como se ve cuando el apóstol a veces reprende los "argumentos de la falsamente llamada ciencia" (curiosidad por el conocimiento), o habla de quienes andan "entremetiéndose en lo que no han visto" (Colosenses 2:18). En Colosenses 2 y 1 Timoteo 4:7, él llama estas construcciones de los cerebros de los hombres "fábulas de viejas", porque, tal y como las fábulas agradan a las viejas, estos pensamientos agradan a sus mentes. Esta comezón interior los hace como la mujer que espera un hijo: anhelan cosas que no tienen. No están contentos con lo que el lugar o el momento les da, no, han de escuchar alguna rareza nueva, algo exagerado, alguna cosa que puede que incluso no sea posible tener. Así los hombres, sin contentarse con las maravillas de Dios que descubren en lo profundo de su palabra y sus obras, se lanzan hacia otro mar, hacia otro mundo de su propia invención. En él navegan con placer, tal como hicieron muchos eruditos en sus especulaciones, gastando sus preciosas mentes y tejiendo telarañas que salen de sus propias entrañas, como hacen las arañas.

Tomemos por ejemplo la lectura, ya que muchos tienen la capacidad y el tiempo libre para leer mucho. Deberían afirmar su corazón con la Palabra de Dios: deberían tomar esas preciosas palabras y sabiduría para que sirviese de aprovechamiento a sí mismos y a otros. Tendrían que estar edificando sus propias almas, pero ¿hacia dónde les llevan sus curiosas fantasías? ¿En que están muy versados? Saben de libros de juego, de romances, de todo el tejer curioso de un cerebro ocioso; llenan sus cabezas con "simios y plumas de pavo real" en lugar de con perlas y piedras preciosas. Como dijo Salomón "El corazón entendido busca la sabiduría; Mas la boca de los necios se alimenta de necedades" (Proverbios 15:14). Los discursos necios son los que satisfacen sus ojos y oídos. Son estos los que proveen alimento a sus pensamientos, son personas que viven de aire y viento.



Abreviando, también encontramos a otros que, por simple curiosidad escuchan cuanta noticia recorre el mundo. Ordeñan toda la hojarasca que flota de la boca de hombres necios. Encuentran placer hablando, pensando y escuchando acerca de ello. No se ha de condenar a todos por esto, ya que algunos hacen un buen uso de ello, tal como hizo Nehemías cuando se le preguntó cómo iban las cosas en Jerusalén. Él deseaba regocijarse con el pueblo de dios, quería lamentarse y orar con ellos, saber cómo debía dar forma a sus oraciones. Pero esa picazón por la curiosidad que se ve en muchos que solo quieren agradar a sus imaginaciones, que se deleitan con cosas nuevas incluso cuando no les importan, es condenable. Así eran los atenienses (Hechos 17:21). Algunos suspiran durante toda la semana hasta que suceden cosas nuevas, convierten en parte de la felicidad de sus vidas el estudiar cómo va el estado, más que el estudiar cómo marchan sus propios corazones, o incluso sus propios negocios. Sin embargo, no piensan en las miserias de la iglesia de Cristo, ni ayudan con sus oraciones.

Hay personas que tienen curiosidad por conocer los secretos de otros, unos secretos que no les harían ningún bien. Estudian las acciones y motivos de otras personas, pero no para ayudar a que se reformen o hacerles bien, sino simplemente para conocerlas y obtener placer pensando en ellas. Esta curiosidad puede llamarse con propiedad una vanidad del pensamiento. Es un gran pecado cuando nuestros pensamientos más agradables son los que se gastan en cosas que no nos importan. Aquello que debemos conocer y que nos concierne es suficiente como para consumir todos nuestros pensamientos y no tener ninguno para gastar. Los pensamientos son algo precioso, y son frutos inmediatos y retoños de nuestra naturaleza inmortal. Dios nos ha dado poder para acuñar pensamientos, para ponerlos sobre cosas que conciernen a nuestro propio bien y el de nuestro prójimo, así como a su propia gloria. Y si no los empleamos en estas cosas, es el mayor despilfarro del mundo.

Examina el maíz que pones en el molino, porque Dios tendrá su parte en todo. "Al que piensa hacer el mal, le llamarán hombre de malos pensamientos" (Proverbios 24:8), es decir, un maestro de los malos pensamientos. No es aquel que hace algo malo, sino también quien lo planea, el que agrava la mala acción por sus pensamientos, ya que "El pensamiento del necio es pecado" (Proverbios 24:9), y una combinación y conspiración de malos pensamientos, lo es mucho más.

(4) Existe una vanidad que es aún peor que esta, y que es intimada en Romanos 13:14, cuando se habla de "proveer para los deseos" de la carne, es decir, el hacer planes para estos deseos. Los pensamientos son proveedores de nuestros malos deseos. Con el pensamiento buscamos el mejor mercado, las mejores oportunidades para pecar, las mejores ofertas para recibir alabanzas, cumplir nuestras ambiciones u obtener riquezas para nosotros.

Por ejemplo, si alguien quiere "progresar" sus pensamientos estudian el arte de hacerlo, proyectan una escalera para subir e inventan formas de conseguirlo, aunque a veces, como Amán, solo están construyendo su propia horca (Ester 7:9). O quizás, si alguien quiere ser rico ¿qué estudia? estudia la forma de hacer trampas y trucos con las cartas, como se podría decir. Estudian todos los trucos astutos del mundo, y las formas de oprimir, defraudar, o llegar más allá que sus compañeros. Aprenden a cuadrar las cosas en todos sus tratos de forma que ellos sean los vencedores, y de manera que todos los que traten con ellos sean los perdedores "trama intrigas inicuas para enredar a los simples con palabras mentirosas" (Isaías 32:7).

Si un hombre quiere dinamitar a su oponente, a alguien que se entromete en su progreso y evita que se lleve todo el crédito, se sumergirá en sus pensamientos y meditará por la noche. Cavará una tumba tal como dicen las Escrituras, excavará hondo para esconder sus propósitos y para dar el golpe al final. Se dedicará a aprender para hacerle daño.

Esto es peor que todas las vanidades anteriores. Cuanto más se planea un pecado, peor es. Es por eso que la acción contra Urías, y no tanto lo relacionado con Betsabé, es lo que se objeta contra David, porque meditó para hacerlo, mientras que en el asunto de Betsabé, fueron sus pensamientos los que le arrastraron (2 Samuel 11).

(5) Un quinto tipo de vanidad en nuestros pensamientos aparece cuando pecamos en nuestra imaginación. Personificamos esos placeres pecaminosos en nuestra imaginación porque en ese momento no podemos disfrutarlos en la realidad. Nos imaginamos a nosotros mismos llevando a cabo esas prácticas pecaminosas que no tenemos oportunidad de realizar en la realidad. Los teólogos lo llaman maldad especulativa. El hecho de que esta maldad imaginada es posible es evidente en los sueños, cuando, como el profeta dice, la imaginación nos hace creer "como el que tiene hambre y sueña, y le parece que come, pero cuando despierta, su estómago está vacío" (Isaías 29:8). Pero no quiero solo hablar de nuestros sueños como si esta maldad especulativa se produjese solamente "en la noche". También las emociones corrompidas y desordenadas arrojan a las personas a sueños similares a plena luz del día, cuando están despiertos. Tomando prestada la expresión del apóstol, son "soñadores que mancillan la carne" (Judas 1:8), incluso cuando están despiertos, porque cuando sus malos deseos están ociosos, su imaginación levanta un escenario para ellos, y sus pensamientos se ponen a trabajar para entretener a sus sucios e impuros deseos con el espectáculo y representación que crean. De esta forma, la capacidad de razonar de sus mentes se sienta como una espectadora a contemplar con placer, hasta que sus pensamientos actúan internamente de manera acorde a sus impuros deseos, sus ambiciosos proyectos, o cualquier otra cosa que sea su intención. ¿Puede alguien arrojar una piedra a los que hacen esto (Juan 8:7)?

Sí, en efecto el corazón del ser humano se ha vuelto tan vacío como para llegar a esto. Son impacientes en sus deseos y lujuria cuando se ven interrumpidos de sus placeres ¡Así de corruptos son!

(A) También son vanos y vacíos en esto, ya que se fijan en todos los placeres del pecado cuando no son disfrutados de forma sólida y plena. No los disfrutan en realidad, son solo sombras, una mera figura externa, tal y como el apóstol dice que es el mundo. Es la opinión de la imaginación la que arroja ese barniz de bondad sobre los placeres pecaminosos, porque, en realidad, no hay bondad verdadera en ellos. Pero este disfrute especulativo de los mismos, que se hace únicamente mediante la imaginación (en la cual tanto se deleitan algunas personas), el deleite que obtenemos en los simples pensamientos de cometer actos pecaminosos, solo es una sombra de las sombras. El hecho de que el alma, de forma recurrente, se abrace a cometer adulterio solo con las nubes, es una vanidad más allá de toda vanidad. Esto nos hace más vanos que cualquier otra criatura, que aunque están "sujetas a vanidad" (Romanos 8:20), no están sujetas a una vanidad como esta.

(B) Muestra que nuestros deseos son impacientes cuando sus placeres se interrumpen. El alma llega a ser tan codiciosa, que en situaciones en las que el corazón se ve privado o apartado de las cosas que desea, cuando carece de los medios para proveer oportunidades para actuar conforme a sus malos deseos, los disfruta al menos en su imaginación, y en el intermedio la fantasía se dedica a entretener la mente con imágenes vacías de dichos deseos, extraídas de sus propios pensamientos.

(C) En esto se nos muestra que son extremadamente pecaminosos y corrompidos. Un acto externo de pecado, como sabemos, es un acto de prostitución con otra criatura cuando se disfruta en el mundo real. ¡Pero el cometer adulterio en nuestra imaginación es puro incesto! Cuando contaminamos nuestras almas y espíritus con estas imaginaciones concebidas por nuestra propia fantasía, es incesto, ya que no son sino el fruto de nuestro propio corazón.









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El corazón del ser humano está repleto de maldad imaginada

Existe mucho disfrute mental de placeres pecaminosos, muchas obras de pecado que son actuadas en el pensamiento. La mente del ser humano está llena de esto, como se evidencia en muchas situaciones.

(1) A las personas les encanta estar a solas y pensar en cualquier bienestar que puedan tener por sus posesiones, o en cualquier excelencia o dones que tengan. Cuando están apartados de estas cosas, seguirán recordándolas y trayéndolas a su imaginación, repasando su felicidad en ellas y aplaudiendo a sus propios corazones por tenerlas. Tal y como los ricos aman el dinero, y les encanta estarlo mirando y contándolo, la gente ama estar haciendo recuento de sus comodidades y privilegios, especialmente de aquellos que otros carecen. Piensan en lo ricos que son, en lo grandes que son, en cómo superan a otros en bienes y dones. ¡Cuánta de la preciosa arena de nuestros pensamientos se pierde de esta forma!. Así hace auditoría en su corazón el hombre que se nos menciona en el evangelio "Alma mía", dijo, tienes "muchos bienes para muchos años" (Lucas 12:19). De ese modo Amán hizo inventario de sus honores y bienes, hablando de toda "la gloria de sus riquezas... y todas las cosas con que el rey le había engrandecido" (Ester 5:11). Del mismo modo Nabucodonosor, al parecer, estaba solo caminando y hablando consigo mismo como un necio mientras decía "¿No es ésta la gran Babilonia que yo edifiqué... con la fuerza de mi poder, y para gloria de mi majestad?" (Daniel 4:30).

Y no solo piensan en sus comodidades, sino también en su propia excelencia, su educación, su sabiduría, y otras cosas como estas. La gente ama mirarse en el espejo de sus propias especulaciones, tal y como aquel que es de hermoso rostro se mira con frecuencia en el espejo. Todo esto viene por la adulación que las personas hacen de sí mismas, pues desean mantener su felicidad fresca y continuamente delante de sus ojos. Pero estos pensamientos (cuando no hacen que los corazones se levanten en agradecimiento a Dios) son los bramidos del orgullo. Son vanos y abominables a ojos de Dios, como queda claro por el trato que Dios dio a los antes mencionados. Al hombre del evangelio le dice "Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma" (Lucas 12:20), y a Nabucodonosor mientras "aún estaba la palabra en la boca del rey", y sin darle más aviso, Dios lo golpeó con locura, haciéndolo como una bestia (Daniel 4:32). En cuanto a Amán, ya sabemos que fue como un muro que se hincha antes de caer en ruinas.



(2) Este disfrute de los placeres en el pensamiento, esta actuación de los pecados en nuestra imaginación, también se muestra en las cosas por venir. Porque la gente los ve venir de lejos, y su esperanza se proyecta hacia adelante para encontrarse con ellas en sus pensamientos. Toman mucho contentamiento de entretener sus deseos de antemano con esas promesas y expectativas vanas. Aquellos de los que habla Isaías llegaron a un punto mayor de jolgorio en medio de sus copas, porque sus corazones les prometían "será el día de mañana como este, o mucho más excelente" (Isaías 56:12). También en Santiago 4:13 se dicen "Hoy y mañana iremos a tal ciudad, y estaremos allá un año, y traficaremos, y ganaremos". La promesa de esto, los pensamientos anticipados de ello, los alimenta y hace que sus corazones se sientan bien. Cuando alguien se levanta por la mañana, comienza a pensar con mucho deleite, anticipándose a los placeres carnales que tienen prometidos para ese día o semana (tales como la compañía que disfrutarán, cómo se alegrarán, que disfrutarán al satisfacer tal o cual deseo, que escucharán buenas noticias, o cosas por el estilo).



Las personas piadosas viven por fe en las promesas de Dios "por todas estas cosas los hombres vivirán, y en todas ellas está la vida de mi espíritu" dice Ezequías, viven por lo que Dios ha "hablado" (Isaías 38:15-18). Del mismo modo, los hombres carnales viven de las promesas de sus propios corazones y pensamientos. A esto se reducen la mayoría de las promesas de vanos pensamientos, como dice Salmos 49:11: "Su íntimo pensamiento es que sus casas serán eternas", y este pensamiento les agrada. ¿Existe algún placer que alguien tenga muy en cuenta, y no lo disfrute primero en privado, en sus propios pensamientos? Y es de esta forma que los hombres, neciamente confían en sus propias palabras y promesas, y se hacen a sí mismos insensatos (Jeremías 17:11). En sus pensamientos, toman de antemano los placeres que confían y esperan disfrutar. Así como los derrochadores gastan sus rentas, o los herederos liquidan su herencia antes de poseerla, cuando llegan a disfrutar los placeres que esperaban, encuentran que solo eran unos soñadores, que sus almas están vacías o que el disfrute estaba tan por debajo de su expectativa, que se demuestra que había más en la imaginación que en la cosa misma. Esto es algo que proviene de la inmensidad y codicia de los deseos humanos. Así está escrito "ensanchó como el Seol su alma, y es como la muerte, que no se saciará" (Habacuc 2:5), esta codicia los engulle en sus pensamientos. Así sucede con un erudito ambicioso, que devora con el pensamiento todos los puestos de privilegio que pueda tener a la vista.



(3) La maldad imaginada también se ejercita hacia las cosas del pasado. Recuerda y revive en nuestros pensamientos el placer de los pecados que se cometieron. La mente recorre las circunstancias de estos pecados que se obraron hace tiempo, y recibe un renovado placer por pensar en ellos. Los hombres resucitan sus acciones muertas, enterradas desde hace tiempo, con la semejanza de cómo ocurrieron, y charlan con ellas como la bruja y Saúl hicieron con Satanás disfrazado de Samuel (1 Samuel 28). En lugar de pintar una cruz sobre ellos, en lugar de borrar esas cosas por medio de la fe en la sangre de Cristo, prefieren copiarlas y escribirlas de nuevo en sus pensamientos con igual contentamiento.

Es así como una persona impura puede estudiar cada circunstancia de su impuro acto, mirando en sus pensamientos a la persona con la que los cometió. Y del mismo modo el erudito que se vanagloria repite en sus pensamientos alguna obra eminente, rememorando los pasajes que le parecen más elegantes. Las personas rumian cualquier palabra de alabanza que otros les hayan dedicado. Tal y como un buen corazón recuerda y repite las cosas buenas que ha escuchado y leído, recordando la viveza del espíritu que produjo, rememorando con qué amor fueron advertidos cuando las oyeron (o, como cuando Ezequías recordó con consuelo las obras de una vida bien pasada, "Señor... he andado delante de ti... con íntegro corazón" Isaías 38:3), así, por el contrario, los impíos recuerdan y reviven los sucesos pecaminosos más placenteros de sus vidas, tratando de extraer nuevo jugo de ellos. Nada muestra mejor la dureza y maldad del corazón, nada provoca a Dios más, que este recordar y revivir de los pecados con tanto o más placer que en su ocurrencia original, ya que,

(A) Hacer esto demuestra mucha maldad de corazón. No es compatible con la gracia el que un corazón haga esto frecuentemente, ya que en Romanos 6:21, el apóstol nos muestra que un buen corazón normalmente no repite o desea el fruto de los pecados pasados: "¿Pero qué fruto teníais de aquellas cosas de las cuales ahora os avergonzáis?" Los santos no pueden cosechar y destilar de esas flores nada que no sea vergüenza y tristeza. Cuando Efraín recordó su pecado, se avergonzó y arrepintió (Jeremías 31:19). ¿Puedes tú, entonces, recoger una nueva cosecha de placer de esos pecados una y otra vez?

(B) Demuestra mucha dureza de corazón. Nada puede ser más opuesto a la verdad y práctica del arrepentimiento, ya que el fundamento del arrepentimiento es recordar las obras y pensamientos de pecado con vergüenza y tristeza, rememorarlas con más dolor que el placer que se obtuvo en cometerlas. El aborrecer "toda especie de mal" (1 Tesalonicenses 5:22), es una propiedad del arrepentimiento. El arrepentimiento inflama el corazón con celo y venganza contra el mal. Por tanto, es una gran provocación a Dios cuando nuestros corazones se ven empapados con una nueva culpa al recordar con placer los antiguos actos de pecado, ya que esto hace que Él también recuerde con una nueva repulsión, y que envíe nuevas plagas. Sin embargo, si recordamos los pecados pasados con dolor, dice "nunca más me acordare de sus pecados e iniquidades" (Jeremías 34:30; Hebreos 10:17).

Deleitarse en pecados pasados es escarbar en las heridas que ya hemos causado a Cristo. Observar los pecados de otros con placer se dice que es más que cometerlos (Romanos 1:32). ¡Cuánto más lo será revivir y contemplar nuestros pecados pasados con renovado placer! Has de saber esto, que cualquier deleite que puedas tener aquí al repetir tus antiguos pecados, nada te amargará más en el infierno que el recuerdo de los mismos. Cada circunstancia de cada pecado será como una daga en tu corazón. Esta fue la tarea y estudio que se dio al hombre rico en el infierno, recordar las "cosas buenas" que había recibido (Lucas 16:25), y los pecados que cometió al abusar de ellas. Y si a los hombres piadosos se les hace aquí "cargo de los pecados de su juventud" (como a Job en Job 13:26), y tenerlos siempre "delante de ellos" (como con David en Salmos 51:3), entonces ¿cómo escaparan los impíos en el infierno del aterrador recuerdo de sus pecados? En el Salmo 50:21, el Señor en parte nos dice a nosotros "Estas cosas hiciste, y yo he callado; Pensabas que de cierto sería yo como tú; Pero te reprenderé, y las pondré delante de tus ojos".

(4) La cuarta forma en la que la vanidad especulativa se muestra, es al pecar sobre simples suposiciones imaginarias. El ser humano hace pretensiones ante sí mismo, ideando suposiciones en sus propios pensamientos, tanto de lo que quiere ser como de lo que quiere hacer. Crea paraísos ilusorios para sí mismo y los recorre de arriba abajo. Se dice "Si tuviese suficiente dinero ¡cuántos placeres tendría! Si tuviese tal o cual puesto, ¡qué bien me conduciría!" Citando las Escrituras, Absalón dijo "¡Quién me pusiera por juez en la tierra, para que viniesen a mí todos los que tienen pleito o negocio, que yo les haría justicia!" (2 Samuel 15:4). Las personas hacen esto con mucho placer, casi tanto como el de realmente disfrutar de ello.

Bien puede ser este el significado del Salmo 50:18, que nos muestra a un hipócrita que se abstiene de pecados externos, pero dice Dios: "Si veías al ladrón, tú corrías con él, Y con los adúlteros era tu parte". Es decir, en su corazón e imaginación, imaginaba estar con ellos, deseaba estar haciendo lo mismo. Consideremos el caso de alguien que es ambicioso de forma natural, su posición de nacimiento, herencia y educación lo han convertido en nada más que una zarza, que nunca reinaría sobre los árboles (Jueces 9), es alguien que está atado a una esfera más baja, incapaz de elevarse o ser más grande, igual que la tierra que nunca puede convertirse en una estrella. Sin embargo, este hombre ambicioso toma el papel de un gran hombre en su propio corazón, pretendiendo y suponiendo que lo es. Construye y se sienta sobre un trono, y piensa en su interior lo que haría si fuese un rey o un hombre grande. O, por tomar el caso del hombre que es impuro y que ha envejecido como un árbol seco, alguien que ya no puede obrar con lujuria como antes lo hacía. Este hombre impuro suplirá lo que falta a su fuerza y oportunidad, hará que su propio corazón sea el proveedor del burdel, las rameras y todo lo demás. En el caso de la persona que ama los placeres pero carece de los medios para obtenerlos, este agradará a sus inclinaciones con pensamientos acerca de la mezcla y combinación de deleites que tendría. Puede que incluso establezca su precio, lo que haría si podría tener lo que quiere. Así también pasa con la persona vengativa que carece de aguijón; se deleitará a sí misma con pensamientos y deseos de venganza, estará inventando y elaborando diálogos contra aquel que odia. Y la persona enamorada cortejará con amor en su imaginación a su ausente compañía, le hará regalos, y dará forma a las palabras con las que le hablaría.

En una palabra, sean cuales sean las inclinaciones y disposiciones de una persona (si importar lo grande que sea la improbabilidad de lo que desea), en su fantasía y pensamientos hará que las cosas sean como ella quiere. El ser humano siempre estará dibujando mapas de sus deseos, calculando sus inclinaciones, extrayendo una situación en la vida que encaje con su corazón, y se agradará a sí mismo con tales cosas. No hay mejor forma de conocer la inclinación natural de una persona que por esto.

(A) Esto es necedad: es como imitar a los niños. Porque es infantil hacer pasteles de barro y marionetas. ¿Acaso se puede decir que esto sea distinto? Es tomar el papel de las señoritas y señoras, como hacen los niños con frecuencia. Y, sin embargo, en el corazón del ser humano existe esta infantilidad.

(B) Esto también es vanidad, ya que la persona pone su corazón sobre algo que no existe. Las cosas no tienen valor en sí mismas; "¿Has de poner tus ojos en las riquezas, siendo ningunas?" (Proverbios 23:5). No tienen valor ni siquiera si alguien las tiene en realidad. Pero ciertamente es mucho peor deleitarse con la mera suposición de ellas.

(C) La mayor condenación de un pensamiento vano, sin embargo, es que desea alguna otra cosa distinta de lo que Dios ha ordenado.











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Los beneficios de conocer la vanidad del pensamiento

Beneficio número 1:

Habiendo descubierto la vanidad de tus pensamientos y tu posición, humíllate por ello. Baso esto en Proverbios 30:32, donde Agur nos enseña a humillarnos por los pensamientos así como por las acciones "Si neciamente has procurado enaltecerte, O si has pensado hacer mal, pon el dedo sobre tu boca". Ahora bien, así como "herirse el muslo" expresa arrepentimiento, vergüenza y tristeza en Jeremías 31:19, ponerse la mano en la boca expresa una humillación mayor y más profunda, que muestra la convicción de nuestra culpa, como en Romanos 3:19 "toda boca se cierre y todo el mundo quede bajo el juicio de Dios". Ponerse la mano sobre la boca equivale a no tener nada que decir, es declararse culpable sin excusarse alegando que los pensamientos deberían ser libres de culpa, en base a que es imposible librarse de ellos. Como en Ezequiel 16:63, hemos de "avergonzarnos y nunca más abrir la boca", o, como Job en 40:4, ser vil y no responder más. En esto consiste ponerse la mano en la boca: en humillarse.

Y en verdad hay muchos motivos para humillarse por los pensamientos, ya que estos son los primogénitos, los hijos mayores del pecado original y la fuerza de este. Sí, los pensamientos son los padres y engendradores de todos los demás pecados. Son los que maquinan y planean, como Ajitofel, en todas las traiciones y rebeliones de nuestros corazones y vidas (2 Samuel 17). Son los fuelles e incendiarios de todas las emociones desordenadas, los consentidores de todos nuestros malos deseos, los que miran de proveer para satisfacerlos. También son los que molestan en todas nuestras buenas obligaciones, interrumpiendo y arruinando todas nuestras oraciones, haciendo que estas den mal olor a Dios.


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